Ni todo el arte que emana de un sentimiento profundo puede comparar su travesía a través del placer con la que se pueda sentir a través de la escritura. Como vía de escape atrapa mis sentidos hacia universos infinitos, hasta llegar a la matriz de mi escondite, donde nadie puede escucharme, donde, es más, nadie si quiera lo intenta. Esto me llena de gozo, y alumbra mi camino hacia el silencio.
Hay veces que, en esta ciudad que a mí me huele a asfalto quemado en verano y a churros con chocolate en invierno, se respira un aire de asfixia moribundo. Y mira que trato escapar, y no puedo, pero al menos lo intento. Sólo queda una escapatoria: escribir, allí donde sólo el azar hará que alguien me lea un cuento.
Hay veces que, en esta ciudad que me ofrece miles de paraísos urbanos en cada esquina recóndita y luego me los arrebata recordándome lo dichosos, e inalcanzables, que son y serán siempre los sueños, yo, aturdido, doy tumbos de un lado a otro, buscando esa esquina donde quedarme tranquilamente dormido.
Hay veces que, cuando la consciencia me aparece, y huyo de mis sentimientos, una voz se oculta debajo de mis pensamientos, cual piel de cordero. Y me cuenta, en voz baja, casi en silencio, que esta no es la vida que yo realmente quiero. Y me lamento, e intento hacerle caso aunque, sin remedio, esos paraísos urbanos, me recuerdan una y otra vez que no puedo, que me alineo a ellos. Y esto es sinceramente lo que no quiero.