Ayer, reconozco, me pasé, pero bien, por los alrededores de Sol, y ni siquiera me atreví a preguntar qué estaba pasando en el epicentro. Descansé unos minutos bajo una sombre, me di una vuelta por la Fnac (compré varias cosas, es mi vicio supremo) y luego subí hacia Chueca. Para entonces, el ruido de Sol ya había salido de mis migrañas, pero me había llenado, una vez más la conciencia.
¿De verdad hacen falta más asentamientos? Si bien es cierto que el colectivo urbano se nutre de símbolos (me lo ha dicho hoy un amiguete), y se basa en estos para regocijo de su ego (o quizá su superyo), a mi parecer, ya no hay símbolos que valgan si estos no desembocan en resultados.
Más práctico que pragmático, mi cerebro disipa la idea de seguir aparentando, sentado en el asfalto. Hay que atacar, indignarse desde los hechos futuros, acudir a esas asambleas que se supone se han creado en cada barrio madrileño, crear asambleas en cada seccionado de cada municipio de cada comarca de cada provincia, y hacer germinar la semilla de revolución. De modo pacífico claro, con sus papeles por medio y con la Constitución Española por bandera, que para eso es lo único en lo que los españolitos nos hemos puesto de acuerdo en toda nuestra historia reciente.
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